El Permiso que Nos Otorgamos
Algo profundamente inquietante está ocurriendo en la manera en que los judíos nos dirigimos los unos a los otros.
JUDAÍSMO
Rabino Moshe Pitchon
9/11/20265 min read


Algo profundamente inquietante está ocurriendo en la manera en que los judíos nos dirigimos los unos a los otros.
El problema no son los desacuerdos. Los judíos siempre hemos discrepado, muchas veces los hacemos apasionadamente. Lo que debería alarmarnos es la ferocidad con la que cada vez más se expresan esos desacuerdos: el desprecio, la humillación, el odio y la disposición a atribuir las peores intenciones posibles a otro judío.
Los adversarios políticos y religiosos ya no son simplemente descritos como equivocados, sino como traidores, enemigos, fascistas, nazis, destructores del judaísmo, destructores de Israel. En los casos más extremos, algunos judíos han llegado incluso a lamentar que Hitler haya dejado con vida a los judíos que no piensan como ellos.
Ese lenguaje no es simplemente una manifestación de una política exacerbada. Algo mucho más grave ha ocurrido cuando el desacuerdo llega al punto en que la destrucción de otro judío puede convertirse en una figura retórica aceptable.
Esto no significa que toda posición, práctica o programa político deba considerarse legítimo. Las comunidades judías siempre han establecido límites, y un juicio moral serio exige a veces que declaremos inaceptable una idea o una acción.
El peligro comienza cuando el juicio se desplaza de la posición a la persona: cuando lo que tú sostienes es inaceptable se convierte en tú eres inaceptable.
El adversario deja entonces de ser alguien con quien debemos discutir y se convierte en alguien a quien comenzamos a considerar una amenaza para el pueblo judío.
Una vez que nos convencemos de que el otro judío representa una amenaza, el desprecio puede hacerse pasar por convicción, el odio por indignación moral y la hostilidad por responsabilidad judía.
Este no es un fenómeno nuevo.
La historia bíblica, del Segundo Templo, rabínica, medieval y moderna ofrece abundante evidencia de que el conflicto interno judío cruza con facilidad la frontera que separa el argumento de la exclusión y la hostilidad.
Las circunstancias históricas cambian, pero la tendencia a transformar el desacuerdo en hostilidad persiste.
Esto nos obliga a plantearnos una pregunta incómoda:
¿Por qué una civilización que hizo del desacuerdo una de sus prácticas intelectuales características ha tenido tantas dificultades para impedir que el desacuerdo se convierta en deslegitimación?
O, dicho más crudamente:
Quizás uno de los problemas aún no resueltos de la historia judía no sea cómo sobreviven los judíos a sus enemigos, sino cómo pueden los judíos vivir con otros judíos.
El Estado de Israel actual no creó esta fractura, pero la concentra y exporta su intensidad a todo el mundo judío.
Lo que ocurre en Israel no se queda en Israel. La hostilidad y el lenguaje de los conflictos internos de Israel se propagan casi instantáneamente a las comunidades judías de otros lugares. Los temas que dividen a los distintos grupos judíos en Israel rápidamente se convierten también en temas que dividen a las comunidades judías de todo el mundo, llevando consigo gran parte del mismo lenguaje, hostilidad e insultos.
Pronto, judíos de todo el mundo se reunirán para los Iamim Noraim, los días solemnes de reflexión que culminan en Iom Kipur, y participarán en uno de los grandes ejercicios de examen moral colectivo del judaísmo.
Recitaremos Ashamnu, la tradicional confesión de nuestras faltas. Repetiremos Al Jet, el catálogo más extenso de nuestras transgresiones. Confesaremos arrogancia, crueldad, palabras hirientes y las faltas cometidas bein adam le-javero—“entre una persona y otra”—. Sin embargo, uno de los problemas más graves que actualmente contaminan las relaciones entre judíos permanece en gran medida fuera del centro de ese examen.
Hay algo profundamente inquietante en confesar juntos estas faltas en Iom Kipur para regresar inmediatamente después a una cultura política y comunitaria en la que el desprecio hacia otros judíos se ha vuelto normal.
La contradicción más profunda no consiste en que confesemos nuestras faltas y después volvamos a cometerlas. Los seres humanos siempre hemos hecho eso. Consiste en que no reconocemos que, al volver a comportarnos de la misma manera, repetimos precisamente aquello que acabamos de confesar como incorrecto.
La persona que habla con desprecio de otro judío rara vez piensa: “Estoy practicando el odio.” Piensa: “Estoy defendiendo a Israel.” O: “Estoy defendiendo la democracia.” O: “Estoy defendiendo la Torá.” O: “Estoy defendiendo al pueblo judío.”
Y aquí el concepto rabínico de sinat jinam —“odio gratuito”, que los sabios de Israel identificaron como la causa de la destrucción del Segundo Templo— presenta una dificultad cuando intentamos aplicarlo a los tiempos que vivimos: el odio rara vez es considerado gratuito para quien odia.
Esta expresión puede proporcionar un escape involuntario al examen que intenta provocar.
“Busco dentro de mí un odio sin causa y no lo encuentro.” “Mi ira tiene causas.” “Mi desprecio tiene explicaciones.” “Puedo enumerar los peligros que representan las personas a quienes desprecio.”
En efecto, cuanto más grave es el problema, más fácil resulta justificar nuestra reacción. Si creo que algo precioso está en peligro —Israel, la democracia, la Torá, la justicia, la supervivencia judía— mi hostilidad deja de parecerme hostilidad. Me parece responsabilidad.
Normalmente no nos damos permiso para humillar o despreciar a otra persona simplemente porque discrepamos de ella. Nos otorgamos ese permiso después de habernos auto-convencidos de que esa persona representa un peligro.
El odio no se ha vuelto gratuito. Se ha vuelto justo.
Y el odio que se cree justo es más difícil de examinar que el odio sin causa, porque llega acompañado de argumentos, de pruebas, de historia, de convicción moral. No nos pide que abandonemos nuestros valores. Nos convence de que, al defenderlos, nuestro desprecio se ha vuelto legítimo.
Esa es la forma más peligrosa de sinat jinam: no un odio sin razones, sino un odio para el cual hemos encontrado razones que nos dan permiso para comportarnos de un modo que, en otras circunstancias, consideraríamos incorrectas.
¿Tengo buenas razones para oponerme al otro?
Esta es la pregunta equivocada, porque tener razones no determina si nuestra conducta está justificada.
La pregunta que Iom Kipur debe plantearnos es:
¿El hecho de creer que tengo razón justifica la manera en que trato a quienes considero equivocados?
Los judíos no necesitamos dejar de discutir, ni precisamos acallar nuestras profundas con llamados sentimentales a la unidad.
La unidad no requiere consenso. Requiere legitimidad mutua.
Puedo creer que el otro está profundamente equivocado. Puedo oponerme a lo que propone. Puedo creer que su posición amenaza algo que considero esencial. Pero nada de eso me da permiso para negarle su dignidad.
La verdadera prueba moral se presenta precisamente cuando estoy convencido de tener razón.
“¿Puedo oponerme a ti sin despreciarte?” “¿Puedo decir que estás equivocado sin declararte ilegítimo?” “¿Puedo defender aquello que valoro sin deshumanizarte?”
Estas no son preguntas marginales para los Iamim Noraim de 5787. Se refieren a si un profundo desacuerdo puede coexistir junto a nuestra responsabilidad mutua.
Quizás, entonces, entre todas las palabras que repetiremos este Iom Kippur, haya una pregunta que merezca ocupar un lugar central:
¿Nuestras convicciones acerca de lo que es mejor para el pueblo judío han comenzado a destruir nuestra capacidad de seguir siendo un pueblo?
Los Iamim Noraim nos recuerdan que la respuesta no exige que renunciemos a nuestras convicciones ni que disminuyamos la importancia de nuestros desacuerdos. Podemos rechazar las ideas de otra persona, oponernos vigorosamente a ellas y creer que amenazan valores que consideramos esenciales. Pero
nuestro juicio sobre una idea nunca debe convertirse en permiso para negar la dignidad de la persona que la sostiene.
Ese puede ser, en última instancia, el principio del cual depende la unidad judía. Nunca pensaremos todos de la misma manera, ni tendremos las mismas creencias, ni tomaremos las mismas decisiones políticas y religiosas. Por lo tanto, la unidad judía no puede depender del acuerdo.
La unidad del pueblo judío solo puede perdurar cuando el respeto por la persona es mayor que nuestra hostilidad hacia sus ideas.
No tenemos que estar de acuerdo unos con otros para seguir siendo un pueblo. Pero sí tenemos que respetarnos unos a otros.
