¿Dónde estás? Un diálogo judeocristiano ante la inteligencia artificial
Ante el avance de la inteligencia artificial, una antigua pregunta bíblica adquiere nueva urgencia: ¿qué significa ser humano? A partir de un diálogo con el pensador católico Alberto Benegas Lynch (h), este artículo explora una respuesta desde los primeros capítulos de la Torá.
FILOSOFIA JUDIA CONTEMPORANEA
Moshe Pitchon
10/6/20264 min read


Un reciente y breve comentario del pensador católico argentino Alberto Benegas Lynch (h) me llevó a una pregunta que considero primordial para la época que estamos viviendo y que está íntimamente relacionada con los primeros capítulos de la Torá:
¿qué significa ser humano?
A propósito de un texto mío, Benegas Lynch recuerda su cuestionamiento de la expresión “inteligencia artificial”. Prefiere hablar de “algoritmos informáticos” porque, sostiene, “inteligencia remite a libre albedrío y no a programación o reprogramación”.
Durante siglos, judaísmo y cristianismo compartieron —aunque de maneras diferentes— un vocabulario en el que conceptos como alma y libre albedrío adquirieron un lugar central. Buena parte de ese vocabulario se desarrolló en el encuentro de la tradición bíblica con la filosofía griega y, posteriormente, con la filosofía medieval.
No sugiero que esos conceptos sean falsos o que debamos abandonarlos. Pero para una parte importante del mundo contemporáneo estos términos han perdido su antigua capacidad explicativa. Decir que el ser humano se diferencia de la máquina porque posee “alma” o “libre albedrío” nos obliga inmediatamente a explicar qué significan hoy esas palabras.
El relato de la creación afirma:
“Dios creó al ser humano a su imagen; a imagen de Dios (Tzelem Elohim) lo creó” (Bereshit [Génesis] 1:27).
El texto, sin embargo, no explica exactamente en qué consiste esa imagen: ¿inteligencia? ¿Razón? ¿Conciencia? ¿Libertad? ¿Capacidad moral?
La pregunta adquiere una urgencia inesperada cuando las máquinas comienzan a realizar actividades que durante siglos consideramos distintivamente humanas: pensar, razonar, utilizar el lenguaje, aprender, recordar, interpretar y crear.
Ante este desafío reaccionamos generalmente desplazando la frontera.
Decimos: “La máquina calcula, pero no piensa”. Cuando parece pensar, decimos: “Pero no comprende”. Cuando funcionalmente parece comprender: “Pero no siente”. Después: “No tiene conciencia”. Finalmente: “Carece de alma”.
Puede que cada una de estas distinciones sea válida. Lo inquietante es que cada una aparece después de que la anterior dejó de distinguirnos.
Quizás debamos intentar otro camino: dejar de definir al ser humano exclusivamente por las capacidades que posee.
Bereshit nos ofrece una posibilidad. Después de comer del árbol, Adán se esconde y Dios lo llama:
“Ayeka?” — “¿Dónde estás?” (Bereshit 3:9).
Dios no está solicitando información geográfica. Está interpelando al ser humano.
¿Dónde estás frente a lo que has hecho? ¿Dónde estás frente al otro? ¿Dónde estás frente a Dios? ¿Dónde estás frente a ti mismo?
El ser humano aparece aquí no solamente como alguien que piensa o decide, sino como alguien que puede ser llamado a responder.
Y apenas un capítulo después aparece una segunda pregunta. Caín ha matado a Abel:
“¿Dónde está Abel, tu hermano?”
Caín responde:
“¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”
Las dos preguntas pertenecen, a mi entender, a una misma concepción del ser humano:
¿Dónde estás? ¿Dónde está tu hermano?
La primera me reclama por mi propia existencia. La segunda introduce mi responsabilidad hacia el otro.
Mucho después, cuando Dios llama a Abraham, aparece una de las grandes respuestas bíblicas:
“Hineni” — “Aquí estoy”.
No es simplemente una indicación de presencia física. Es disponibilidad: aquí estoy para responder.
Entre Ayeka y Hineni aparece así una posibilidad para pensar nuevamente al ser humano: no solamente como poseedor de determinadas facultades, sino como un ser llamado a responder.
Un recién nacido no puede responder moralmente. Tampoco puede hacerlo quien ha perdido profundamente sus capacidades cognitivas. Y, sin embargo, su dignidad humana permanece intacta.
Más aún: precisamente su vulnerabilidad nos llama a nosotros.
Por eso, quizás ser humano no consista simplemente en la capacidad de responder, sino en formar parte de una relación en la que somos llamados y en la que nuestra propia existencia reclama una respuesta del otro.
Benegas Lynch propone preservar la singularidad humana mediante el concepto de libre albedrío. Desde la tradición judía que intento articular aquí, me pregunto si podemos complementar esa categoría con otra: responsabilidad.
No pretendo resolver la diferencia. Precisamente lo contrario.
Me interesa la posibilidad de que esa diferencia se convierta en el comienzo de una conversación judeo-cristiana sobre el ser humano en la era de la inteligencia artificial.
Quizás el cristianismo tenga razones profundas para continuar hablando de alma y libre albedrío. Quizás el judaísmo pueda aportar la antigua estructura bíblica del llamado, la respuesta, el pacto y la responsabilidad. Y quizás ambas tradiciones necesiten preguntarse cómo traducir hoy esas intuiciones a un mundo que ya no comparte necesariamente sus categorías metafísicas.
La inteligencia artificial hace urgente esa conversación. No porque una máquina nos obligue necesariamente a abandonar lo que las tradiciones religiosas han enseñado sobre el ser humano, sino porque nos obliga a preguntarnos nuevamente qué queríamos decir con ello.
Por eso considero que la cuestión planteada por Benegas Lynch es mucho más importante que decidir entre las expresiones “inteligencia artificial” y “algoritmos informáticos”. Ambas intentan decirnos qué hemos creado.
La pregunta judeocristiana es anterior y más profunda:
¿Qué somos nosotros?
Quizás debamos comenzar donde comienza la Biblia: no con una definición, sino con una llamada.
Ayeka — ¿Dónde estás?
Y con la posibilidad humana de responder:
Hineni — Aquí estoy.
