Visibilidad sin responsabilidad
La cultura pública premia la visibilidad, no la coherencia.
ANTISEMITISMO
Moshe Pitchon
3/28/20263 min read


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Visibilidad sin responsabilidad
En un artículo reciente, la escritora española Pilar Rahola denunciaba el doble rasero de ciertas figuras públicas, capaces de una indignación estridente en algunos casos y de un silencio absoluto en otros (véase Carta a Javier Bardem).
Su tono es polémico. Pero su intuición apunta a un fenómeno real.
El problema, sin embargo, es más profundo que la hipocresía. Estamos asistiendo a la consolidación de una cultura pública en la que la visibilidad ha comenzado a sustituir a la responsabilidad como principio organizador de la expresión moral.
Las figuras públicas —actores, artistas, dirigentes— ocupan hoy posiciones de visibilidad amplificada. Sus palabras circulan con rapidez, adquieren peso moral y son percibidas como formas de compromiso ético. Pero la visibilidad no produce juicio. Produce exposición.
Durante mucho tiempo, hablar en público implicaba responder por la coherencia y las consecuencias de lo que se decía. Hoy, en cambio, el discurso público tiende a ajustarse a lo que es visible, a lo que circula, a lo que encaja en marcos narrativos ya disponibles.
El resultado es una forma de compromiso moral guiada menos por principios que por presencia.
Este desplazamiento tiene una consecuencia precisa: el juicio moral es sustituido por el reconocimiento narrativo.
Las realidades complejas dejan de ser examinadas en sus propios términos. Son encajadas en categorías preexistentes —opresión, resistencia, colonialismo— y, una vez identificadas, las conclusiones se imponen por sí solas. El análisis es reemplazado por la identificación.
En ese proceso, la contradicción deja de percibirse. Una misma persona puede indignarse en un caso y permanecer en silencio en otro sin experimentar esa diferencia como incoherencia.
No necesariamente por mala fe, sino por una debilitación de la capacidad de someter sus propios juicios a examen.
El caso de actores como Javier Bardem permite ilustrar este mecanismo. Se ha pronunciado públicamente sobre el conflicto israelí-palestino, adoptando posiciones morales claras, en sintonía con marcos narrativos ampliamente difundidos. Sin embargo, su implicación resulta mucho menos visible frente a otras situaciones caracterizadas por violencia prolongada o represión sistemática.
La cuestión no es que tome la palabra, sino que los criterios que determinan cuándo y cómo la toma no parecen aplicarse de manera constante.
La diferencia no reside en la magnitud de los hechos, sino en su posición dentro del campo de la visibilidad. Lo visible se vuelve urgente. Lo que no circula, desaparece.
Pero eso no es un principio moral. Es una distorsión.
El juicio moral exige algo preciso: la capacidad de aplicar criterios de manera coherente, incluso cuando hacerlo resulta incómodo o costoso.
La cultura de la visibilidad debilita esa exigencia. Favorece la reacción inmediata, la alineación emocional y la repetición de marcos narrativos, en detrimento del trabajo más exigente de examinar si nuestras posiciones resisten la comparación.
En este contexto, es posible ocupar una posición moral sin asumir la responsabilidad que implica. Parafraseando los Salmos:
Se habla sin responder.
Se denuncia sin justificar.
Se alinea sin evaluar.
No se trata solo de incoherencia. Se trata de una erosión de la responsabilidad. En este marco, la atención desproporcionada dirigida a Israel no puede explicarse únicamente por factores de visibilidad o accesibilidad narrativa.
Existe también una larga historia en la que los judíos —como individuos o como colectivo— han sido objeto de un nivel de escrutinio y proyección moral que rara vez se aplica en otros contextos.
Esto no invalida la crítica. Pero obliga a examinar su intensidad y su asimetría.
Cuando marcos ideológicos, limitaciones analíticas y prejuicios heredados convergen, el resultado es un discurso que se presenta como moral, pero opera según estándares selectivos.
Rahola habla de hipocresía. Pero la hipocresía supone conciencia del estándar que se transgrede.
Lo que se observa con creciente frecuencia es más profundo: una situación en la que el propio estándar se vuelve inestable. El juicio es reemplazado por la alineación. La responsabilidad, por la visibilidad.
Lo incorrecto no se vuelve correcto por repetición. Y lo correcto deja de serlo cuando se aplica de manera selectiva.
Una voz moral no se define por cuánto habla, sino por su capacidad de mantenerse coherente entre situaciones —especialmente cuando esa coherencia tiene un costo.
Una cultura que recompensa la visibilidad sin responsabilidad no produce claridad moral.
Produce errores sostenidos con convicción.
