La supervivencia no es victoria — y los límites no son derrota
¿Israel perdió y Irán ganó? Un análisis muestra por qué sobrevivir no es vencer y por qué los límites no equivalen a derrota en la guerra moderna.
POLÍTICA
Rabino Moshe Pitchon
4/9/20263 min read


En los últimos meses, un juicio se ha vuelto común en buena parte del comentario público en Estados Unidos e Israel. Las guerras no alcanzaron sus objetivos. Las amenazas no fueron eliminadas. A partir de ahí, se extrae una conclusión adicional, a veces explícita, otras implícita: que las campañas fracasaron y que sus adversarios prevalecieron.
La conclusión es intuitiva. Es también equivocada.
Se apoya en una confusión que distorsiona la manera en que se evalúan los conflictos actuales: cuando un Estado no elimina una amenaza, se dice que ha fracasado; cuando el adversario sigue en pie, se afirma que ha ganado. Ninguna de las dos conclusiones son sostenibles. Confunden la resistencia con la victoria y los límites con la derrota.
La guerra contemporánea no produce resultados totales.
Los Estados persiguen resultados: disuasión, estabilidad, reducción de amenazas. Sus adversarios, en cambio, suelen perseguir algo más elemental: la capacidad de persistir, de absorber, de seguir operando bajo presión. No son objetivos equivalentes, y no pueden medirse con el mismo criterio.
Cuando esa distinción se pierde, la interpretación comienza a desviarse. Un Estado que no alcanza sus objetivos máximos es descrito como derrotado. Un adversario que sobrevive es tratado como vencedor. Pero sobrevivir no es triunfar, y no alcanzar todo no es fracasar.
El registro reciente ilustra esta asimetría.
Estados Unidos no logró transformar Afganistán en un Estado estable y alineado. Pero el Talibán no derrotó a Estados Unidos en ningún sentido convencional; lo superó en duración, a un costo enorme para su propia sociedad. Israel no ha eliminado a Hamás ni a Hezbollah. Pero ninguna de esas organizaciones ha convertido la violencia en una resolución política estable o en un logro estratégico decisivo. Hezbollah opera bajo restricciones que no puede permitirse romper. Irán ha demostrado sus límites y perdido la imagen que quería proyectar.
Ninguno de estos actores se comporta como vencedores. Se comportan como sobrevivientes que navegan bajo presión.
Esto no significa que Estados Unidos o Israel hayan tenido un éxito total. No lo han tenido. Sus ambiciones exceden lo que la fuerza por sí sola puede lograr. Pero reconocer los límites del poder no equivale a admitir derrota. Es comprender las condiciones bajo las cuales el poder se ejerce. Esas condiciones nunca están completamente bajo control.
El estudio del período hasmoneo —el único momento prolongado de soberanía judía en la historia— muestra con claridad que incluso en su punto de mayor expansión, el poder no implicaba control total sobre los resultados. Los hasmoneos (inicialmente los macabeos) podían actuar, expandirse e imponer costos. Pero su margen de acción estaba condicionado por fuerzas mayores y por un entorno político cambiante. Sus logros fueron reales, pero nunca absolutos.
La relevancia de esa observación hoy es acotada pero precisa.
Israel, como los hasmoneos en su fase formativa, puede actuar con decisión y moldear los acontecimientos. Pero la capacidad de actuar no implica controlar el significado completo ni el desenlace de un conflicto. Su margen es real, pero limitado: por su alianza estratégica con Estados Unidos, por las dinámicas regionales y por el sistema internacional en el que opera.
Esto no niega la soberanía. Define sus límites.
La pregunta decisiva, entonces, no es quién cumplió todos sus objetivos declarados. Ese estándar pertenece a otro tipo de guerras.
La pregunta es quién preservó la iniciativa, quién impuso restricciones al otro, quién evitó resultados peores —y a qué costo.
En la guerra moderna, sobrevivir no es vencer, y tener límites no es perder.
