Por qué los clásicos siguen siendo importantes

Una civilización que pierde contacto con su literatura no pierde solamente historias. Pierde parte de su memoria, de su capacidad para interpretarse a sí misma y, finalmente, parte de su capacidad para reconocer la condición humana.

LITERATURA

Moshe Pitchon

5/16/20264 min read

Conversando, días atrás, con una adolescente que estudia en una escuela de élite, le pregunté qué estaba leyendo y si había oído hablar alguna vez del Don Quijote. Sin vacilar me respondió:

—Claro. Es una tienda muy popular en Japón.

Me dejó anonadado —yo no tenía idea de que existiera una tienda japonesa llamada Don Quijote— repetí la pregunta a un par de personas de alrededor de cuarenta años. Recibí exactamente la misma respuesta.

Pocos días después, me encontré enmarañado en uno de esos laberintos burocráticos y tecnológicos que se han vuelto cada vez más comunes en el sistema de asistencia médica: llamadas interminables con la aseguradora, médico primario, especialistas, asistentes y sistemas automatizados en los que nadie parecía capaz de responder una pregunta sencilla ni asumir responsabilidad alguna.

Después de varios días atrapado entre llamadas, mensajes y oficinas —sin estar más cerca de resolver problemas creados por el propio sistema— terminé preguntando a la administradora y a la asistente de la oficina de mi médico de cabecera si alguna vez habían leído El castillo de Franz Kafka. Ambas me miraron sorprendidas:

—¿Quién es Franz Kafka?

Escrita en la década de 1920, El castillo puede leerse como una profunda alegoría existencial, incluso teológica. Pero es también una de las descripciones más penetrantes jamás escritas sobre lo que la burocracia puede hacerle a la vida humana.

Mucho antes de los sistemas telefónicos automatizados, de la fragmentación institucional y de la toma de decisiones algorítmica, Kafka comprendió la experiencia psicológica de entrar en sistemas donde la responsabilidad se vuelve imposible de localizar y los seres humanos quedan atrapados dentro de procedimientos que nadie controla plenamente.

Algo parecido ocurre con Don Quijote. La novela de Cervantes, escrita a comienzos del siglo XVII, no es simplemente un clásico español venerado por tradición. Es una extraordinaria exploración de la construcción de la identidad, la obsesión ideológica, el autoengaño y la necesidad humana de encontrar sentido.

Siglos antes de las redes sociales, de las marcas políticas y de las identidades reforzadas por algoritmos, Cervantes entendió hasta qué punto los seres humanos son capaces de construir narrativas lo suficientemente poderosas como para distorsionar la realidad misma.

Vistos de esta modo, Kafka y Cervantes dejan de ser simplemente “autores antiguos” para convertirse en instrumentos intelectuales con los cuales interpretar el presente.

Y eso es precisamente lo preocupante: no solamente que las nuevas generaciones —o incluso los propios sistemas educativos— hayan dejado de leer literatura clásica, sino el grado en que nuestra cultura se ha ido desconectando de la historia y de la larga conversación mediante la cual los seres humanos intentaron comprender el poder, el sufrimiento, la ilusión, la responsabilidad y la estructura misma de la vida.

La literatura clásica importa porque conserva la memoria de la experiencia humana.

La idea misma de “clásico” implica algo más que antigüedad.

Hablamos de música clásica, de películas clásicas, de automóviles clásicos, de rock clásico o de los “clásicos” en una librería. Instintivamente entendemos que un clásico no es simplemente algo viejo, sino algo que ha sobrevivido porque generaciones sucesivas siguieron encontrando en ello un estándar perdurable de verdad, belleza o comprensión.

Una obra se convierte en clásica cuando los seres humanos vuelven a encontrarse a sí mismos dentro de ella.

Como observó Judah Goldin, profesor de literatura hebrea postbíblica en la Universidad de Pensilvania, una obra se vuelve clásica cuando nuestros estados de ánimo, nuestras percepciones, imágenes recurrentes y pensamientos espontáneos parecen misteriosamente anticipados y expresados con precisión por ella. La gran literatura afina la mirada. Da lenguaje a experiencias que intuíamos, pero que no lográbamos formular plenamente por nosotros mismos.

Por eso los classici —“los mejores”, “los de primera categoría”— permanecen siempre contemporáneos. Los Upanishads, la Biblia, los diálogos de Platón, Shakespeare, Cervantes, Dostoievski, Kafka y muchos otros continúan hablándonos a través de los siglos porque siguen iluminando dimensiones permanentes de la existencia humana.

Las tecnologías, los sistemas políticos, las circunstancias históricas cambian. Pero el poder, el miedo, la ambición, la ilusión, el sufrimiento, la soledad, la esperanza, el fanatismo, la responsabilidad y la búsqueda de sentido siguen siendo profundamente humanos.

La literatura no es un adorno cultural. Forma parte de la memoria intelectual de una civilización; es una de las maneras en que la humanidad se interpreta a sí misma a lo largo de la historia.

Por eso la literatura clásica sigue siendo importante: porque ofrece un lenguaje con el cual reconocer las realidades recurrentes de la vida. Sin ella, las personas continúan experimentando burocracias absurdas, seducciones ideológicas, soledad o crisis morales, pero cada vez carecen más de las palabras necesarias para comprender lo que les está ocurriendo.

Los grandes autores perduraron no solamente por su talento artístico o su dominio técnico, sino porque poseían una capacidad extraordinaria para percibir verdades permanentes sobre la naturaleza humana y transformarlas en personajes, imágenes y narrativas inolvidables. Sus obras sobreviven porque siguen iluminando experiencias que cada generación vuelve a encontrar bajo nuevas formas históricas.

Una civilización que pierde contacto con su literatura no pierde solamente historias. Pierde parte de su memoria, de su capacidad para interpretarse a sí misma y, finalmente, parte de su capacidad para reconocer la condición humana.

Como clásicos, Kafka y Cervantes dejan de ser simplemente “autores antiguos”. Se convierten en herramientas intelectuales para interpretar —e incluso enfrentar— los problemas del presente.