Netanyahu vs. Bennett: dos modelos de liderazgo, una crisis de responsabilidad
Este artículo forma parte de Israel después del carisma, una serie preelectoral del rabino Moshe Pitchon dedicada a analizar el posible regreso político de Naftali Bennett ante las próximas elecciones en Israel. La serie no se propone evaluar estrategias de campaña ni seguir el vaivén de las encuestas, sino que es parte de una pregunta más profunda y más incómoda: qué tipo de liderazgo está buscando hoy la sociedad israelí — y por qué.
POLÍTICA
Moshe Pitchon
3/28/20263 min read


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Tras más de una década de inestabilidad política, repetidas elecciones y un creciente agotamiento cívico, la vida política israelí continúa organizada, en gran medida, alrededor de una figura dominante: Benjamin Netanyahu.
La dificultad para articular una alternativa creíble no es solo electoral; es también conceptual. En ese contexto, el renovado interés por Bennett importa menos como dato aritmético y más como síntoma: permite observar dos modelos opuestos de liderazgo, responsabilidad y autoridad democrática bajo condiciones de presión permanente.
La política israelí de los últimos años puede leerse como una confrontación prolongada entre dos estilos de liderazgo, encarnados con especial nitidez por Netanyahu y Bennett. Esta confrontación suele describirse en términos ideológicos o personales. Sin embargo, en un nivel más profundo, expresa dos maneras radicalmente distintas de entender cómo se distribuye la responsabilidad en una democracia sometida a tensión existencial.
El liderazgo de Netanyahu se apoya en una forma intensa de carisma político. Se construye a partir del dominio del relato, de una autopercepción de misión histórica y de la proyección de indispensabilidad. Con el tiempo, ese carisma ha operado como una fuerza de atracción: el sentido político, la ansiedad por la seguridad e incluso el juicio moral tienden a concentrarse en la figura del líder. Sus seguidores no solo respaldan políticas concretas; depositan en Netanyahu la confianza de quien considera que una sola persona carga con la responsabilidad del destino nacional.
Aquí emerge la paradoja. Cuanto más fuerte y decisivo parece el líder, más se desplaza la responsabilidad lejos de las instituciones y de los ciudadanos. La crítica deja de ser un ejercicio democrático y adquiere un tono existencial. La rendición de cuentas se personaliza. La política deja de ser una discusión sobre decisiones para convertirse en un plebiscito permanente sobre lealtades.
El modelo de Netanyahu ofrece seguridad emocional en un entorno percibido como hostil. Pero lo hace a un precio elevado: la responsabilidad se concentra y, por eso mismo, se vuelve frágil.
Bennett representa casi el impulso opuesto. Su estilo de liderazgo es deliberadamente no mesiánico. Es más gerencial que mítico, más pragmático que simbólico, más orientado a la construcción de coaliciones que a la polarización. Bennett no busca absorber la ansiedad nacional en su figura. Intenta, en cambio — no siempre con éxito ni con brillo retórico — devolver la responsabilidad a las instituciones, a los acuerdos políticos y a los procedimientos democráticos.
De allí que a menudo se lo perciba como carente de carisma. Pero esa lectura es engañosa. Lo que se presenta como “falta de carisma” es, en realidad, una renuncia consciente a funcionar como sustituto moral de la sociedad. Su debilidad es la visibilidad política. Su fortaleza es algo menos espectacular pero más duradero: una arquitectura ética del poder.
El renovado interés por Bennett y los datos de opinión recientes no se explican únicamente por el cansancio frente a Netanyahu. Señalan algo más profundo: una creciente incomodidad con la hiperpersonalización de la responsabilidad política.
Después de años de parálisis, elecciones reiteradas y desgaste moral producido por la gestión constante de crisis, muchos israelíes ya no se preguntan quién puede salvarlos. Se preguntan, más bien, si es posible gobernar sin necesidad de creer en un salvador. El regreso de Bennett conecta precisamente con esa pregunta todavía implícita.
Desde una perspectiva judía, el contraste entre ambos modelos es especialmente significativo. El judaísmo no rechaza el liderazgo fuerte — Moisés fue una figura decisiva —, pero nunca permitió que el liderazgo sustituya la agencia moral colectiva. El pacto no se delega en un rey; se dirige a un pueblo. Hineni — “aquí estoy, asumo la responsabilidad” — no puede pronunciarse en nombre de otro.
El carisma de Netanyahu corre el riesgo de convertirse en una forma de conciencia delegada. La contención de Bennett intenta, de manera imperfecta pero deliberada, preservar una cultura política en la que la responsabilidad siga siendo distribuida, discutible y humana.
La división política en Israel, entonces, no se reduce a derecha e izquierda, ni a seguridad frente a diplomacia. Se sitúa en otro plano: entre una política que concentra el sentido y la responsabilidad en una sola figura y otra que acepta la incomodidad de un liderazgo menos tranquilizador para mantener a los ciudadanos moralmente implicados.
En una sociedad sometida a presión constante, la tentación de elegir la primera opción es enorme. Pero la resiliencia democrática de Israel puede depender, precisamente, de la segunda.
