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Cuando la política deja de disentir: más allá de izquierda y derecha

POLÍTICA

Rabin Moshe Pitchon

4/24/20263 min read

Hay momentos en la política en los que, a pesar de que los debates son intensos y la competencia es real, las diferencias son más superficiales de lo que parecen.

Los distintos actores compiten por el poder, pero lo hacen dentro de los mismos supuestos básicos. El debate no gira en torno a hacia dónde debe ir el país, sino sobre cómo administrar un rumbo que, en gran medida, ya está definido.

Lo que parece una confrontación ideológica se transforma en otra cosa: una disputa de tono, de timing y de liderazgo.

Cuando esto ocurre, las categorías tradicionales —izquierda y derecha, gobierno y oposición— pierden gran parte de su significado. La pregunta deja de ser quién tiene razón. La pregunta pasa a ser:

¿qué forma de pensar es capaz de gobernar la realidad bajo presión?

Cuando las diferencias ideológicas se reducen, tres enfoques tienden a organizar la acción política.

El primero es el pensamiento ideológico

Parte de un marco claro. Define de antemano qué es correcto, qué es incorrecto y qué debe hacerse. Su fuerza es evidente: aporta claridad y dirección. Facilita la toma de decisiones.

Pero la realidad es más compleja que cualquier marco ideológico. Cuando domina la ideología, esa complejidad se reduce demasiado rápido. La acción se vuelve decisiva, pero no necesariamente acertada.

El segundo es el pensamiento centrista

El centrismo reconoce que la vida política no se organiza alrededor de un solo valor, sino de tensiones que no pueden resolverse definitivamente: seguridad y contención, estabilidad y cambio, poder y límite.

Su fortaleza es que ve más de la realidad. Se niega a reducir todo a un único principio.

Pero ver la complejidad no es lo mismo que actuar dentro de ella. El centrismo suele vacilar cuando se requiere decisión. Preserva la tensión, pero le cuesta atravesarla.

El tercero es el pensamiento pragmático

El pragmatismo cambia el enfoque. No pregunta qué es correcto en teoría, sino qué funciona en la práctica. Evalúa las ideas por sus resultados.

Esto le permite actuar donde la ideología es rígida y el centrismo es cauteloso. Se adapta, corrige, avanza.

Pero también tiene límites. Lo que funciona no siempre es una respuesta suficiente. Lo que funciona hoy puede generar problemas más profundos mañana. Lo eficaz puede ser, al mismo tiempo, perjudicial.

Sin límites, el pragmatismo corre el riesgo de volverse puramente técnico: centrado en resultados, pero desligado de su significado.

Lo que falta es la responsabilidad —no como consigna, sino como disciplina.

El pensamiento político hoy se centra en posiciones y resultados. Pregunta ¿cuál es la política correcta? ¿qué va a funcionar?

Pero rara vez pregunta ¿puede justificarse esta decisión? ¿alguien puede responder por ella?

La responsabilidad significa que la acción no termina en el resultado. Debe ser asumida, explicada y defendida.

Al final, lo que importa no es la posición, sino la calidad del juicio.

Una cultura política seria requiere tres cosas:

Primero, claridad sobre la realidad.

No consignas. No relatos parciales. Un esfuerzo real por entender lo que ocurre.

Segundo, la capacidad de decidir bajo tensión.
No todo puede reconciliarse. Hay decisiones que deben tomarse incluso cuando todas las opciones tienen costo.

Tercero —y más importante—, capacidad de responder.
Quien actúa debe poder explicar y justificar sus decisiones, no sólo en términos de éxito, sino en términos de lo que producen y significan.

Al final, la pregunta no es quién tiene razón, quién es más moderado, ni siquiera quién es más eficaz. La pregunta es:

¿quién es capaz de actuar y, al mismo tiempo, hacerse responsable de lo que hace?